- Bip bip bip
Abro un ojo y veo que ya son las 6:00. De fondo escucho unos lentos pasitos por la escalera.
- ¡Tia, Tia! ¡Alvin, Alvin! al ritmo de unas zancadas…. Un poco más constantes que los pasitos anteriores
Me doy vuelta en la cama y veo 4 ojos verdeclaro mirando desde el borde de la cama.
- Tia…duerme??
Creo que ya es evidente que estos pequeños energúmenos vienen por mis aposentos para transformar mi espacio en su zona de juego designada. Jum! Tengo que asumir. La voz de su papi me cuenta que desde antes de salir de su casa venían transmitiendo que querían ver “Alvin y sus ardillas”.
Por lo menos tiene buena música, pienso yo.
Cuando reacciono que debo levantarme y buscar las pantuflas, los pequeños dedos de mi sobrino mayor ya han prendido el televisor, el DVD, tiene los controles en la mano, y se dispone a buscar una silla para sacar el estuche de la película que esta en lo más alto de mi closet.
Y pensar que desde pequeña que cada vez que salgo de mi pieza pongo una cinta adhesiva en la puerta del closet para cerciorarme que cuando vuelva, nadie, repito, NADIE se meta en mis cosas. Con dos hermanos, uno mayor y una menor, hay que buscar las técnicas de resguardar intimidad y la integridad de mis prendas de vestir… especialmente con la última.
La llegada de mis sobrinos provocó ciertamente un gran cisma, no sólo en mis mecanismos de intimidad, sino que en el comportamiento general de mi casa. Al punto que son las únicas personitas capaces de sacar a mi padre de “sus quehaceres”, transformar a mi madre en la más adorable de las niñeras, casi comparadas con la personificación de Robin Williams en “Papá por siempre” (físicamente también parecidas, sólo que mi madre tiene el pelo oscuro) y hacer de mi casa el mayor castillo del juguete que puede existir particularmente.
Después de dos hijas, era lógico que en mi casa no abundaran los autos a control remoto, ni las pelotas de los diferentes deportes que puedan usarlas, ni mucho menos motos, simuladores de conducción, pistas de carreras ni ninguna de esas cosas “de hombres” … a lo sumo una espada de plástico con agua y papeles brillantes en su interior, que mi hermano dejó, no se si concientemente o no, olvidada cuando hizo su limpieza de juguetes a los 13, con la excusa de que “el ya era un hombre y no necesitaba artículos infantiles para vivir”.
Creo que se arrepintió desde minutos después, pero él es un hombre de palabra, los regaló e hizo feliz a otros niños, supongo que ese es su consuelo, porque el alma de niño no se le ha quitado nunca, ni después de dos hijos, de 4 y 2 años respectivamente, ni con el matrimonio, ni con su estresante trabajo, ni con su cercanía a los 40. Bueno, a mi papá tampoco y él tiene casi 65…
Pero para el “par de bandidos mexicanos”, como cariñosamente les llama el tata, ni la colección de Barbies, ni las muñecas de trapo, ni las reconstrucciones magnificas de una cocina-americana-en-su-máxima-expresión (pienso que eso despertó en mi hermana menor su gusto por la cocina desde los 3 o 4 años cuando se la regalaron) se iban a salvar de sus deditos milagrosos. Para que vamos a hablar del Cadillac’75 fucsia furioso a control remoto, típico de la muñeca californiana, que aún, si digo bien, aún se salva de sus garras en lo alto del librero de la pieza de estudio, pero que observan y observan con candor gatuno cada vez que pasan por delante.
Pero son unos niños felices, eso está claro. El mundo gira en torno a ellos, y eso es lo que importa. Vivir la vida con una mamadera a medio terminar, un auto de proporciones a cuestas, una pelota de colores bajo el brazo y acostarse en la cama de la tía, a ver una película.
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