sábado, 5 de febrero de 2011

… Tu risa loca.


Las claquetas marcan el fin de la escena. Todos van de aquí para allá moviendo cajas, mesas y grandes fondos que ayudan a estructurar el sueño. Un mundo de fantasía que parece real, con sus personajes principales y secundarios.

Una realidad paralela, con personajes ficticios y diálogos inventados para describir las escenas que se mostrarán en la gran pantalla, quizás, y con suerte, en unos años más… Cuando todos sean uno, cuando no exista la distancia emocional que separa a Inés del resto del equipo, que la tiene en una esquina el set, sentada y observando el ir y venir de gente de un lado a otro, trasladando pesadas estructuras, focos, cámaras y demases.

En una olvidada silla de lona, mira con una mezcla de miedo, timidez y desconcierto cómo se mueve el mundo por dentro. Cómo se arman las escenas de la vida y se pregunta, sin despegar los pies del suelo, si la película de su vida tiene tantos tramoyas y personajes como la cinta que están rodando en este momento.

Entre sus manos está un tazón de café leche tibia, y sus codos afirmados en las rodillas atrapan la tela del vestido rosa con leves toques de anaranjado que la producción le entregó esa mañana.

Acercó la taza a sus labios, pero no llegó a sorber el líquido, únicamente inhaló su aroma. Era un placer infantil que se le hizo costumbre. No soportaba tomar la leche de otra forma que no fuera sólo con café, a pesar que había probado con todas las combinaciones posibles… no, no hay otra manera de tomar la leche.

Ésta costumbre, ésta situación provocó que de sus ojos saliera una lágrima y rodara por sus mejillas hasta llegar a la comisura de sus labios y sintió, por un segundo, el salado escozor de la gota en su lengua.

Con la mirada perdida en un punto ciego entre el suelo y los zapatos azul petróleo de la actriz en la escenografía, recordó la tarde de agosto, hace unos buenos años atrás, cuando estaban su madre y ella en la cocina de la casa junto a la chimenea y, con los codos apoyados en las rodillas tomaban chocolate caliente, mientras afuera del largo ventanal llovía a cántaros y las brasas musicalizaban el momento con sus explosiones repentinas.

- Que será de tu hermana… ¿se estará mojando?
- Yo que sé… es cosa de llamarla.
- Ya lo intenté. No contesta.
- Entonces está trabajando, no se preocupe.
- Una madre siempre se preocupa.

En ese momento Inés se preguntaba, si su madre estaría pensando en ella como en aquella vez pensaba en su hermana.

Por un momento pensó que estaba en la cocina de su casa, mientras afuera llovía y sorvía un poco de chocolate caliente.

No. Sólo estaba sentada en una silla de lona, a la orilla de una gran estructura de metal, sintiéndose cada vez más sola y abandonada, tomando un sorbo de café con leche mientras los demás corrían de aquí para allá.

A sus 27 años, no representaba más de 20. Su larga cabellera rubia cobriza terminan en unos espirales eternos. Tiene una estatura media y de frágil figura. Los muchos lunares e incontables pecas que, con el sol de la zona se acentúan aún más bailando en el mar te con leche de su piel.

Los ojos brillosos de un leve rasgado que apenas muestran el verde turquesa de su iris. Brazos delgados terminados en dedos largos y angulosos, denotan en sus yemas que fueron aprovechados para terciopelézco manejo de las teclas del piano cuando niña.

Quizás es por eso que le cuesta entrar en el grupo, y eso la sume aún más en la angustia de no tener con quien hablar. Y se siente extraña en un mar de gente.
Hace un mes estaba sentada frente a la laptop cundo el ringtone de su celular indicaba la llegada de un mensaje:
- Te tengo un trabajo.

Así de escueto era el anuncio de un amigo le envió, y que luego de una llamada, supo que sería parte de una producción cinematográfica que la haría recorrer el país rodando las escenas.

La incomodidad del trabajo que tenía, las trasnochadas y malos ratos que soportaba por mantener una situación medianamente estable ya le causaba molestia y envenenaba sus ganas de levantarse cada día.

No dudó ni tres segundos en aceptar, y los 20 minutos siguientes fueron como la película que dicen pasa por los ojos minutos antes de morir. Si, sin duda fue la mejor decisión para este momento.

A pesar de la nostalgia que siente ahí sentada en un rincón, sabe que es una oportunidad que no todos pueden contar. Y es eso mismo lo que le da fuerzas para seguir.

Bueno, eso y que cada día recibe un mensaje de un número desconocido, que le da ánimos y alaba su trabajo. La intriga la mata, y no puede dejar de pensar en su misterioso remitente. Claro está que es hombre, porque firma como tal… o se supone.

Se imagina el día que lo descubra, infraganti detrás de los bastidores o en la puerta de la cabaña con un ramo de rosas en la mano…

O quizás sentado en las rocas de una playa solitaria, o en el café de la esquina mientras manda uno de los mensajes.

Nadie lo sabe.

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